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sábado, 2 de febrero de 2008

Recuerdas cuando eras pequeña y creías en los cuentos de hadas? Fantaseabas sobre como sería tu vida, con un vestido blanco y tu príncipe azul llevándote a su castillo sobre las colinas; por la noche te echabas en la cama, cerrabas los ojos y te abandonabas a tu fe. Santa Claus, el Ratoncito Pérez, el príncipe azul estaban tan cerca que los saboreabas; pero vas creciendo, y un día abres los ojos, y los cuentos de hadas han volado. La mayoría de la gente acude a aquellos en quienes confía. La cuestión es que es difícil dejar que los cuentos de hadas desaparezcan; a casi todo el mundo le queda una mínima esperanza de que un día abrirá los ojos y verá que se han hecho realidad. Cuando el día llega a su fin, la fe es un misterio, aparece cuando menos te lo esperas. Es como si un día te dieras cuenta de que los cuentos no son exactamente como habías soñado. El castillo, puede que no sea un castillo; no es tan importante eso de ser felices para siempre, basta con ser felices en el momento. A veces, muy de vez en cuando, la gente puede darte una grata sorpresa; de vez en cuando, la gente te deja sin respiración.


Texto: Anatomía de Grey
Foto: Devianart ~petalo

jueves, 31 de mayo de 2007

The wizard of Oz

—Y ahora, ¿cuál es el camino correcto?—se preguntó Dorothy

—¡Aquel me parece un buen camino!—dijo un espantapájaros que cuidaba el maizal, mientras señalaba el camino de la derecha.

—¿Quién habló?

—Aunque este otro también me parece bien—volvió a hablar el espantapájaros, señalando ahora el camino de la izquierda.

—¿Hablaste tú?—preguntó Dorothy y el espantapájaros movió la cabeza afirmativamente.

—Dime, ¿cuál es el camino? ¿No puedes decidirte?

—No. No tengo cerebro

—Y entonces, ¿cómo puedes hablar?

—No sé. Pero mucha gente sin cerebro habla mucho ¿cierto?

—Tienes razón.
Pronto la conversación se centró en las ventajas de tener un cerebro. Los argumentos del espantapájaros eran más que convincentes. Si tuviera un cerebro podría saber qué horas son, confirmarlo con las flores, conversar con la lluvia y consultar con el viento. Resolvería los acertijos de los viajeros y pensaría en muchas cosas que nunca antes había pensado. Y, al terminar, pensaría en mil cosas más.

—Si tan solo tuviera un cerebro...

Dorothy le explicó que ella iba en busca de un mago y quizás el podría darle un cerebro.

—¿Tú crees?

—No sé, —contestó la niña—. Pero si no te lo da, no estarías peor de lo que estás ahora.

—Ahora eres tú la que tienes razón.
Escogieron un camino y pronto penetraron en un bosque de manzanos. Allí encontraron a un hombre de hojalata. Oxidado y rígido como una estatua, era muy extraño que no tuviera vida, considerando que en este país todo hablaba o se movía. Una voz apagada y angustiosa surgió de sus labios.

—mmnzzeite...

—¿Qué dijo?

—¿Aceite?

Por fortuna, a pocos centímetros del hombre de hojalata había una aceitera, así que fue fácil eliminar el óxido y permitirle al pobre hombre metálico moverse y hablar.

—Acéitame la boca, los brazos. ¡Ah, qué alegría!

Dorothy y su amigo de paja pronto dejaron al hombre como nuevo pero, sin embargo, éste no parecía del todo contento de verse liberado del herrumbre. ¿Qué carencia entristecía al hombre de hojalata?

—Golpea mi pecho—dijo a Dorothy y ésta obedeció.

—¿Qué oyes?

—Nada

—Exactamente. Está vacío. El hojalatero no me puso corazón.

El hombre de hojalata añoraba tener un corazón pues sería la única forma de ser más humano, de ser más gentil, de ser más amable y sentimental. Se emocionaría con los cantos de los pájaros, y escribiría canciones y poemas de amor y lloraría de emoción hasta oxidarse otra vez. No les costó mucho caer en cuenta que la solución podría estar al final del camino de ladrillos amarillos. ¡Por supuesto! El Mago de Oz también podría darle un corazón a este pobre y sentimental hombre de hojalata.

—Es algo que desearía con todo mi corazón... si tuviera uno.

Así que ahora serían tres los del grupo que buscaría al maravilloso Mago de Oz. Nada los detendría en su empeño, a menos que la Bruja Mala del Oeste se atravesara en su camino. Y esto fue justamente lo que sucedió. Con grandes bolas de fuego atacó al indefenso espantapájaros, pero su puntería no era tan buena, tal vez debido a la enorme verruga de la nariz, o quizás solo se trataba de una advertencia.

—¡La próxima vez no tendréis tanta suerte! —exclamó con una carcajada espeluznante, como queriendo ocultar su incompetencia. Ya no estaban tan seguros y tranquilos, pero continuaron su camino, para quedar paralizados con un rugido espantoso.

—¡¡Grrrrrrrr!!

No supieron de donde salió, pero ahí estaba frente a ellos. Era un león inmenso y aterrador. Toto, que hasta ahora había participado poco en todo el cuento no dudó en ladrar y lanzarse contra el león sin importarle que fuera cinco veces más grande que él. Y, para asombro de todos, el feroz felino, en vez de tragarse de un solo bocado al perro, brincó asustado y se puso a llorar como un niño.

—Yo no quería hacerles daño, Buuuuu.— exclamó secándose las lágrimas con su cola.

Resultó, entonces que el supuesto rey de la selva era más cobarde y asustadizo que un cordero. Les contó como su propia sombra lo asustaba y en las noches no podía dormir atemorizado.

—¿Por qué no cuentas ovejas— le sugirió Dorothy

—No. Hasta de ellas tengo miedo. Mi vida es insoportable.

Inmediatamente lo invitaron a unirse al grupo. El magnifico y maravilloso Mago de Oz les daría a todos lo que querían.

—Yo seré fiero como un dragón

—Yo seré gentil como la brisa

—Yo seré listo como un genio




" Personas débiles en busca de su coraje, insensibles en busca de un corazón e idiotas en busca de la razón.. Al fin y al cabo, a veces los cuentos no son tan cuentos …
¿ no ? "


miércoles, 30 de mayo de 2007

Las alas son para volar

... Y cuando se hizo grande, su padre le dijo:

—Hijo mío, no todos nacen con alas. Y si bien es cierto que no tienes obligación de volar, me parece que sería penoso que te limitaras a caminar, teniendo las alas que el buen Dios te ha dado.

Pero yo no sé volar –contestó el hijo.

—Es verdad... –dijo el padre y caminando lo llevó hasta el borde del abismo en la montaña.—Ves, hijo, este es el vacío. Cuando quieras volar vas a pararte aquí, vas a tomar aire, vas a saltar al abismo yextendiendo las alas, volarás.

El hijo dudó:—¿Y si me caigo?

—Aunque te caigas no morirás, sólo algunos machucones que te harán más fuerte para el siguiente intento –contestó el padre.

El hijo volvió al pueblo, a sus amigos, a sus pares, a sus compañeros con los que había caminado toda su vida.Los más pequeños de mente le dijeron:
—¿Estás loco? ¿Para qué? Tu viejo está medio zafado...
¿Qué vas a buscar volando? ¿Por qué no te dejas de pavadas?¿Quién necesita volar?

Los más amigos le aconsejaron:
—¿Y si fuera cierto? ¿No será peligroso? ¿Por qué no empiezas despacio? Prueba tirarte desde una escalera o desde la copa de un árbol, pero... ¿desde la cima?

El joven escuchó el consejo de quienes lo querían. Subió a la copa de un árbol y, con coraje, saltó... Desplegó las alas, las agitó en el aire con todas sus fuerzas pero igual se precipitó a tierra.

Con un gran chichón en la frente, se cruzó con su padre:
—¡Me mentiste! No puedo volar. Probé y ¡mira el golpe que me di! No soy como tú. Mis alas sólo son de adorno.

—Hijo mío –dijo el padre— para volar, hay que crear el espacio de aire libre necesario para que las alas se desplieguen.

Es como para tirarse en un paracaídas. Necesitas cierta altura antes de saltar.Para volar hay que empezar corriendo riesgos. Si no quieres, quizás lo mejor sea resignarse y seguir caminando para siempre.

" Hagamos memoria y separemos por un lado
todas las veces que nos hemos resignado y por otro
todas aquellas veces en que hemos arriesgado sin tener
para nada en cuenta si hemos salido o no escaldados…

¿ Hacia donde se inclina la balanza ? "





Foto: DeviantART ~terriblemar